Aunque México ha avanzado en inclusión financiera y en la adopción de pagos digitales, el efectivo sigue siendo protagonista en la operación diaria de miles de empresas.
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera (ENIF) más reciente, el efectivo es el medio de pago más utilizado en el país. Al mismo tiempo, cifras del Banco de México muestran que el valor de los billetes y monedas en circulación mantiene una tendencia al alza, incluso después del impulso que tuvieron los pagos digitales durante la pandemia.
Esto responde a una combinación de factores estructurales: hábitos culturales, costos elevados de operación dentro del sistema financiero formal, barreras tecnológicas y desconfianza institucional.
El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) reporta que el 64.3% de las unidades económicas en México operan fuera de la formalidad, un aumento respecto al 62.6% registrado en 2018.
De hecho, esta informalidad representa el 25.4% del Producto Interno Bruto (PIB) nacional, siendo una de las tasas más altas de la región.
En muchos sectores, especialmente comercio minorista, agricultura, construcción o servicios, esta realidad impacta directamente la manera en que operan las empresas.
Para muchas pequeñas y medianas empresas, el uso de efectivo responde a razones prácticas. En algunos casos, deben interactuar con proveedores que operan parcialmente en la informalidad; en otros, enfrentan clientes que siguen prefiriendo pagar en efectivo. En sectores con alta rotación de personal o baja bancarización laboral, también persisten pagos de nómina fuera del sistema financiero formal.
En este contexto, el efectivo se ha convertido en una herramienta funcional para sostener modelos de negocio que combinan ingresos declarados y no declarados.
Mientras las grandes compañías han migrado con mayor rapidez hacia esquemas digitalizados, muchas micro, pequeñas y medianas empresas —que representan más del 99% de las unidades económicas del país, según el INEGI— continúan dependiendo en gran medida del dinero físico para mantener liquidez inmediata y reducir costos operativos.
Uno de los principales obstáculos para abandonar el efectivo sigue siendo el costo. Diversas cámaras empresariales han advertido que las comisiones por terminales bancarias, servicios de procesamiento de pagos y otros costos asociados pueden afectar particularmente a negocios con márgenes reducidos.
También existe un componente regulatorio. Para algunos pequeños empresarios, cumplir con obligaciones fiscales, administrativas y laborales representa una carga considerable, particularmente cuando sus ingresos son variables o limitados.
Diversos estudios muestran que el uso de efectivo actúa como una “válvula de escape” para pymes que consideran estas cargas administrativas y de seguridad social desproporcionadas respecto a sus ingresos reales.
A esto se suma una limitada inclusión financiera. Tener una cuenta bancaria no necesariamente significa utilizar servicios financieros de forma constante. La desconfianza derivada de fraudes, fallas tecnológicas o bloqueos de cuentas también influye en que muchos empresarios sigan privilegiando el efectivo.
Los riesgos y costos del uso de efectivo
Es fundamental señalar que operar con efectivo genera costos y riesgos que se deben considerar.
El primero es la seguridad. Manejar grandes cantidades de dinero físico incrementa el riesgo de robos, fraudes internos y extorsiones. Además, muchas empresas deben destinar recursos adicionales para proteger, trasladar o administrar ese dinero.
El segundo es el acceso al financiamiento. Las instituciones financieras evalúan el otorgamiento de crédito con base en historiales verificables de ingresos y flujos. Cuando una parte importante de las operaciones no pasa por el sistema bancario, muchas empresas —especialmente pequeñas y medianas— tienen dificultades para demostrar su capacidad de pago.
Esto reduce su acceso a crédito formal, limita su capacidad de inversión y frena su crecimiento.
El tercero es la competencia desleal. El uso de efectivo también genera prácticas de evasión fiscal y genera condiciones de competencia desleal. Las empresas que operan parcialmente fuera de la formalidad ofrecen precios más bajos, ya que no tienen la misma carga fiscal, afectando a quienes sí cumplen plenamente con sus obligaciones fiscales y laborales. Esto desincentiva la formalidad y genera un círculo vicioso.
Para el gobierno mexicano, el desafío no consiste únicamente en impulsar pagos digitales, sino en crear condiciones que hagan viable su adopción: mayor conectividad, educación financiera, simplificación regulatoria e incentivos fiscales para la formalización.
Para el sector empresarial, particularmente las pymes, avanzar hacia esquemas más digitalizados puede representar una oportunidad para profesionalizar su operación, acceder a financiamiento y fortalecer su crecimiento de largo plazo.
El reto de México no es eliminar el efectivo de forma inmediata, sino construir un ecosistema donde utilizar herramientas financieras formales resulte más accesible, seguro y rentable para los empresarios.
En ese contexto, contar con aliados financieros que entiendan la realidad de las pequeñas y medianas empresas puede marcar una diferencia clave. En Financiera Cualli apostamos por financiamientos diseñados a la medida de negocios que buscan crecer, mejorar su liquidez y dar el salto hacia una operación más sólida y formal.
#AcelerandoOportunidades
